República Independiente : ¿A qué se debe el legendario orgullo arequipeño?

República Independiente : ¿A qué se debe el legendario orgullo arequipeño?

El sentido común y la costumbre -y el prejuicio- dice que los Characatos son gente muy trabajadora, muy práctica, honesta y muy culta. También dice que nacer y vivir a las faldas -no de uno sino- de tres volcanes (Misti, Chachani y Pichu Pichu) tiene importantes efectos en la personalidad. Uno no se enoja, erupciona. A uno no le sale sangre, sino lava. Con todo, quizás el rasgo más característico de los arequipeños sea su orgullo.

Y no es para menos: muchos de los peruanos más ilustres de nuestra historia nacieron en esa región. Desde el pensador, patriota e independentista Mariano Melgar hasta el brillante político y pensador José Luis Bustamante y Rivero (gracias al cual tenemos 200 millas de mar territorial), pasando por los más modernos Víctor Andrés García Belaunde y Juan Guillermo Campo, los arequipeños han sacado siempre la cara por su región. Y muchas veces también por el Perú.

El peruano más famoso del mundo en la actualidad nació en Arequipa: Mario Vargas Llosa, el único premio Nobel que ha obtenido un peruano lo ganó un arequipeño.

La antropóloga Rossana Calvo, de la Universidad Nacional Antonio Abad del Cusco, ha publicado recientemente un libro (“El Arequipeñismo”) que, entre otras cosas, trata de encontrar y explicar el origen de ese legendario orgullo arequipeño, de esa manera de mirarse a sí mismos que tienen y que han dado lugar tanto a piezas interesantísimas de la historia del Perú como a bromas y chascarrillos sobre los arequipeños que se explican, por supuesto, porque todos los que no nacimos en Arequipa nos morimos de envidia de los arequipeños.

Arequipa tiene su propia oferta gastronómica que se llama así: comida típica arequipeña que se come en lugares que se llaman picanterías. Lo más cerca -pero aún lejos- que hay a eso podría ser Chiclayo, o el norte como región macro de una forma de preparar y consumir la comida que comemos todos en la costa (como el cabrito a la “norteña”); pero la inmensa mayoría de platos famosos de la gastronomía peruana se llama “comida criolla” y no lleva patronímico como el Rocoto Relleno o el chupe de Camarones que, si uno le pone “arequipeño” al final, se convierte en un plato distinto por derecho propio.

Pero no es solo eso, es también lo que se baila, lo que se reza, lo que se piensa, lo que se escribe, lo que se consume -y cómo- y lo que se demanda. La tradición arequipeña es muy fuerte y es el resultado de un sincretismo entre la cultura más popular -la del valle, la de lo rural- que le puso corazón y lo urbano, que lo aceptó con reticencias al principio y luego la abrazó y la convirtió en lo que conocemos hoy. Y esa es también una forma de identidad.

Como la mayoría de las grandes ciudades del Perú (incluyendo a Ica y a Lima), Arequipa atravesó por un período de migración del campo a la ciudad sostenido y masivo, especialmente desde Puno.

Los arequipeños son regionalistas, aman profundamente a su tierra (arraigo del que carecemos sobre todo en Lima)»

La República Independiente de Arequipa tiene un pasaporte, un himno, una moneda (el Characato faltaba más), un viejo ánimo separatista y un rechazo al centralismo aún más fuerte. Por eso hay algunos irresponsables que se toman demasiado en serio la existencia de esos símbolos y terminan afirmando sin empacho alguno que Arequipa es la Cataluña peruana: es decir, acusan a sus pobladores de secesionistas y de buscar independizarse del Perú de la mano de la izquierda o cualquier aventurero que pase por ahí y ofrezca alguna cosa que brille.

Dígannos que no es para indignarse: en esos señalamientos hay implícito un profundo desprecio por esta región, que toma con muchísima -y legítima- distancia e indignación pero también como de quien viene. ¿Y por qué tendrían que indignarse? Porque, según la narrativa de los conspiranoicos del separatismo characato, los arequipeños se dejan usar y engatusar. Es decir, les están diciendo ignorantes e incultos, lo cual es absolutamente falso, y ejemplos para derribar esta tonta idea hay muchos.

Sí, claro que existen los arequipeños secesionistas y por supuesto que los símbolos no son estandartes vacíos de significado (sobre todo el pasaporte): los arequipeños son regionalistas, aman profundamente a su tierra (arraigo del que carecemos sobre todo en Lima) y viven tremendamente orgullosos de la belleza y generosidad de su región.

El poeta César “Atahualpa” Rodríguez escribió “aquí, respirando ancestro, se forjó mi loco empeño; yo no he nacido peruano; yo he nacido arequipeño”; y Jorge Basadre decía que Arequipa era “una pistola que apuntaba al corazón de Lima”. En 1856 los arequipeños se rebelaron contra Ramón Castilla provocando la llamada Revolución de Arequipa. Sí, arequipazos ha habido siempre, no empezaron ni con Belaunde, ni con Toledo.

“Señor, ¿cómo vas a hacer una tierra tan bella, qué vas a dejar para los demás pueblos del mundo?”, le preguntó un ángel a Dios al observar la deslumbrante hermosura de Arequipa a lo que este respondió: “Sí, ¿no? Para compensar, mira la gente que le voy a poner”. Esta broma explica por qué creen los arequipeños que todos los que no nacimos en Arequipa somos una tropa de envidiosos y resentidos.

 

UN DATOS MÁS

El Pasaporte Diplomático de la República Independiente de Arequipa (así se llamaba oficialmente porque sí existió), fue creado por el presidente provisional del Perú Lizardo Montero, quien trasladó la capital del país a Arequipa durante la invasión chilena y sitio de Lima en el marco de la Guerra del Pacífico (el 13 de agosto de 1882).

Pues bien, dicho documento tenía una función legal y había que comprarlo: costaba tres soles y cualquier ciudadano que quisiera salir (o entrar) de Arequipa hacia el el extranjero o hacia territorio ocupado, debía tener uno.

Muchísimos años después, el pasaporte se convirtió en un souvenir cuando la empresa Gloria lo entregó con ese espíritu a los asistentes a CADE 1982.